miércoles, 21 de septiembre de 2016

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Asignación a Cargo del Docente en Línea.

► Tabla de Distribución de Frecuencias. ► Histograma de Frecuencias. ► Medidas de Tendencia Central para Datos Agrupados por intervalos. ► Desviación Típica estándar. http://www.slideshare.net/IsaacBalderasGloria/estadstica-bsica-66274595

sábado, 13 de agosto de 2016

Expresiones artísticas de 1917 a 1940



La Revolución Mexicana

Para dar una ubicación temporal a las obras de los artistas que tomaremos no podemos evitar hablar del proceso revolucionario que se daba en México: La Revolución Mexicana, esta nació en un panorama de insatisfacción contra la política elitista y oligárquica de Porfirio Díaz, que había favorecido a los estamentos más privilegiados, sobre todo a los terratenientes y a los grandes capitalistas industriales. Si bien el país gozaba de prosperidad económica, las continuas reelecciones de Díaz causaban insatisfacción política entre las nacientes clases medias, en tanto que los beneficios de la prosperidad no habían alcanzado a los grupos más pobres de la sociedad. Entre 1910 y 1920 México fue sacudido por una serie de luchas y revueltas.
En sus orígenes, las primeras tentativas revolucionarias, inspiradas por Francisco I. Madero, pretendían el derrocamiento de Porfirio Díaz, que se había mantenido en el poder durante más de treinta años. Tras el triunfo de los maderistas, la necesaria reconstrucción del país se vio dificultada por las disputas entre las propias facciones revolucionarias.
Después del asesinato de Madero, hubo nuevas luchas en las que triunfó Venustiano Carranza, quien promulgó la constitución de 1917, paso decisivo para la organización del estado posrevolucionario. No obstante, los sectores más radicales de la revolución mantuvieron la lucha hasta 1920.

   Pintar en tiempos revueltos

La Revolución (1910-1921) marca un periodo fundamental en la historia moderna de México. Los gobiernos que siguieron a la lucha armada se llamaban a sí mismos "revolucionarios" porque proclamaron que ellos eran los depositarios y continuadores de los logros de la Revolución: justicia social, participación del pueblo en las decisiones políticas, repartición de tierras de latifundios, alternancia política, lucha por la independencia ysoberanía económicas, mejoría en la vida laboral, entre otros.
Durante y después de la Revolución Mexicana se elaboraron imágenes plásticas que representan la lucha revolucionaria, sus logros o a los protagonistas de la contienda (Emiliano Zapata es uno de los más retratados, pero también hay imágenes de Pancho Villa, Francisco I. Madero y otros). Sin embargo, no todas estas imágenes dicen lo mismo. Cada pintor tuvo su propia opinión de la Revolución según la experiencia que vivió durante esa época, y de acuerdo a la posición política y social en que se ubicó durante y después de 1921.
Hubo artistas que fueron testigos presenciales de la lucha revolucionaria (como José Clemente Orozco y Francisco Goitia), y hubo otros que no la vivieron porque estaban estudiando o viviendo fuera de México (como Diego Rivera). Algunos artistas se interesaron y se unieron a las causas populares que surgieron durante la lucha, otros no se identificaron con ellas y creían que el pueblo era manipulado por los caudillos.
Unas cuantas imágenes revolucionarias se pintaron durante los años de lucha, pero la mayoría de ellas se realizaron una, dos, tres o más décadas después de concluido el conflicto. En general, las obras contemporáneas a la lucha son más trágicas y desesperanzadas que aquellas que se hicieron posteriormente, en donde se idealizan algunos aspectos.



(1881-1960) Artista mexicano que tuvo una impronta particular y única dentro del panorama cultural de México, ya que se mantuvo al margen de las costumbres sociales de su época y de la corriente pictórica oficial. Aunque perteneció a la llamada Escuela Mexicana de Pintura y Escultura —personificada por Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, entre otros—, no participó en el movimiento muralista iniciado en 1922.
Los tópicos más recurrentes de su pintura son el hambre, el tenebrismo, la miseria, la desolación, el aislamiento y el dolor humano.

Dos de las principales cualidades de Goitia eran su clarividencia y su capacidad de plasmar su entorno con realismo. La mayor parte de sus lienzos fueron producto de la contemplación y el análisis profundo de su vida y su entorno, y son un testimonio de varias etapas de la historia de México: la subsistencia de las personas en las haciendas durante el régimen de Porfirio Díaz, la Revolución de 1910, la Posrevolución, la Guerra Cristera y elambiente cultural de la primera mitad del siglo XX. 
Su pintura es puramente social y desde ella se realiza un crítica sobre la opresión sufrida por el pueblo por parte del poder gobernante.

El desesperado

Esta obra claramente refleja el color local propio de la época. Los colores oscuros y la caracterización de un hombre que lucha para subsistir de la marginalidad. La botella en una mano que representa el deseo de borrar el sufrimiento y un palo en otra mano que refiere a una lucha que sigue en pie. Sus ropas roídas por el olvido al que está sometido y la marginalidad que lo hunde en la desesperación.




  •  José Clemente Orozco. 1883 - 1949 (Jalisco, México)


Pintor mexicano, nacido en Zapotlán el Grande, Jalisco, en 1883. Aun siendo un niño, conoció a José Guadalupe Posada, el ejemplo de cuyos grabados lo indujo a interesarse por la pintura.
Es un pintor, no un ideólogo, por tanto su obra no tiene intención propagandística. En los murales del Paraninfo, la crítica a los errores del marxismo es patente en las figuras famélicas y hambrientas. Añade a su habitual paleta colores verdes, amarillos y rojos que acrecientan la expresividad de estas obras. En el año 1922 se unió a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en el sindicato de pintores y escultores, intentando recuperar el arte de la pintura mural bajo el patrocinio del gobierno.  A diferencia de Rivera y Siqueiros, Orozco retrata la condición humana de forma apolítica; se interesa por valores universales y no insiste tanto en valores nacionales, de ahí que sus imágenes más características comuniquen la capacidad del hombre de controlar su destino y su libertad ante los efectos determinantes de la historia, la religión y la tecnología.

La Trinchera.

En el mural titulado La Trinchera, Orozco muestra ya su estilo más característico: el dibujo neto, preciso, enérgico, expresivo y dinámico, líneas diagonales, ángulos oblicuos.  Todo es movimiento, no sólo de cuerpos, sino inclusive de los objetos y de la misma atmósfera.  Este dinamismo lo logra por  medio de las líneas, enfatizando al máximo el color en una paleta reducida al blanco, el gris y el marrón; usa los colores para reforzar el dibujo, para complementarlo, o bien para sustituir las líneas negras por líneas coloreadas.  Utiliza la luz y el claroscuro, para enfatizar la fuerza del trazo.  La composición es dinámica, por oposición o contraste de masas y de líneas.  Los soldados están dibujados de forma naturalista.  Su mundo palpita vida; una vida tan intensa y dramáticamente vivida y expresada por sus pinceladas que parecen latigazos cortantes e incisivos, rabiosos y violentos. 





  • David Alfaro Siqueiros 1896 - 1974 (Chihuahua, México)
Pintó entre rejas y exilios, su vida política fue intensa y corrió paralela a su producción pictórica orientada básicamente al muralismo, su vida y su obra reflejan el espíritu de la revolución social y cultural que sacudió al México del siglo XX. Pintor mexicano, nacido en Ciudad Camargo, Chihuahua en 1896.
Tomó parte en el renacimiento de la pintura al fresco efectuada bajo el patrocinio gubernamental de las decoraciones murales en edificios públicos. 
Fue el muralista más activo, en cuanto a la política se refiere. Siqueiros fue encarcelado unas siete veces y otras exiliado, a causa de sus creencias Marxista-Stalinistas. En 1962, fue encarcelado por el gobierno mexicano durante ocho años por organizar disturbios estudiantiles de extrema izquierda dos años antes; el artista fue indultado en 1964. Sus pinturas representan una síntesis muy particular de los estilos futurista, expresionista y abstracto, con colores fuertes e intensos. En 1925 realiza los murales en la Universidad de Guadalajara y en 1930 es encarcelado en Taxco por sus actividades en las manifestaciones del primero de mayo.
Entre los elementos que más lo caracterizaron en sus mejores trabajos, están las perspectivas exageradamente dramáticas, las figuras robustas, el uso audaz de color y frecuente surrealismo, ejemplificados en Death to the Invader (Escuela Normal de Chillán, Bolivia) From Porfirio's Dictatorship to Revolution (Museo Nacional de Historia, Ciudad de México) y The March of Humanity (Palacio de Congresos, Ciudad de México.
Participó en la Revolución Mexicana y viajó a Europa donde tomó contactos con los movimientos de vanguardia y en Barcelona, en 1921, publicó los "Tres llamamientos de orientación actual a los pintores y escultores de la nueva generación americana" para la creación de un arte heroico y público, a partir de los movimientos europeos modernos, fincándose en la tradición precolombina y vernácula. Entre 1937 y 1939 lucha en la Guerra Civil Española contra los fascistas.
Para Siqueiros socialismo revolucionario y modernidad tecnológica eran conceptos íntimamente relacionados. Estaba convencido de que la naturaleza revolucionaria del arte no dependía tan sólo del contenido de sus imágenes sino de la creación de un equivalente estético y tecnológico en consonancia con los contenidos. Toda su vida artística estuvo presidida por la voluntad de crear una pintura mural experimental e innovadora.
Siqueiros adaptaba sus composiciones a lo que él llamó la "arquitectura dinámica", basada en la construcción de composiciones en perspectiva poliangular. Para ello estudiaba cuidadosamente los posibles recorridos de los futuros espectadores en los lugares que albergarían sus murales y definía así los puntos focales de la composición. Siqueiros llegó a utilizar una cámara de cine para reproducir la visión de un espectador en movimiento y ajustar más eficazmente la composición a esa mirada dinámica.
Su anhelo por lograr la adecuación entre las técnicas pictóricas y la contemporaneidad tecnológica le llevó a crear en 1936 un Taller Experimental en Nueva York. Las prácticas del taller buscaban integrar la arquitectura, la pintura y la escultura con los métodos y materiales ofrecidos por la industria. Allí se experimentaba a partir de lo que Siqueiros denominaba "el accidente pictórico", esto es, la práctica de la improvisación mediante técnicas como el goteo de pintura y las texturas con arena. Los chorreones y salpicaduras dejadas caer sobre el lienzo, que luego pasarían a ser emblemáticas del expresionismo abstracto americano, fueron una práctica gestada en el taller de Siqueiros, al que asistieron Jackson Pollock y otros jóvenes que llegarían a formar la primera generación de artistas estadounidenses con un lenguaje propio.

La Nueva Democracia.

En Nueva Democracia (1944, Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México) Siqueiros construye un emblema intemporal del triunfo de la libertad. Aunque la pintura tenía 16 metros de longitud, para Siqueiros no era más

Que "un cuadro grande"; las únicas obras que, según él, merecían el nombre de murales eran las que se articulaban con la arquitectura.





  • Diego Rivera
Guanajuato, 1886 - ciudad de México, 1957) Pintor mexicano, considerado uno de los principales muralistas de su país. Estudió por espacio de quince años (1907-1922) en varios países de Europa (en especial, EspañaFrancia e Italia), donde se interesó por el arte de vanguardia y abandonó el academicismo.
Identificado con los ideales revolucionarios de su patria, Rivera volvió desde tierras italianas a México (1922), en un momento en que la revolución parecía consolidada. Junto con David Alfaro Siqueiros se dedicó a estudiar en profundidad el arte maya y azteca, que influirían de forma significativa en su obra posterior. En colaboración con otros destacados artistas mexicanos del momento (como el propio Siqueiros y Orozco), fundó el sindicato de pintores, del que surgiría el movimiento muralista mexicano, de profunda raíz indigenista.
Durante la década de los años 20 recibió numerosos encargos del gobierno de su país para realizar grandes composiciones murales (Palacio de Cortés en Cuernavaca, Palacio Nacional y Palacio de las Bellas Artes de Ciudad de México, Escuela Nacional de Agricultura en Chapingo) en las que Rivera abandonó las corrientes artísticas del momento para crear un estilo nacional que reflejara la historia del pueblo mexicano, desde la época precolombina hasta la Revolución, con escenas de un realismo vigoroso y popular, y de colores vivos.
En este sentido, son famosas, por ejemplo, las escenas que evocan la presencia de Hernán Cortés en tierras mexicanas (por ejemplo, la llegada del conquistador a las costas de Veracruz, o su encuentro en Tenochtitlán con el soberano azteca Moctezuma II).
Artista comprometido políticamente, Rivera reflejó su adhesión a la causa socialista en sus propias realizaciones murales y fue uno de los fundadores del Partido Comunista Mexicano. Visitó la Unión Soviética en 1927-28, y, de nuevo en México, se casó con la pintora Frida Kahlo, que había sido su modelo.
En la década de 1930 marchó a Estados Unidos, donde puso su arte al servicio de la exaltación del maquinismo; realizó diversas exposiciones y pintó grandes murales en las ciudades de San Francisco, Detroit -decoración del Instituto de Arte de Detroit (1932)- y Nueva York -Rockefeller Center (1933), que fue rechazada por sus contenidos socialistas.

El hombre en una encrucijada


En este mural se mezclan progreso e ideología. Por un lado las ideas de movimiento que surgen de una paleta de colores brillantes y de las maquinas que juntos forman un futurismo maravilloso; y por el otro lado nos encontramos con los colores opacos y rojos, que representan el ahora, el comunismo y la guerra. Sentado en el medio de la escena está Lenin, representando la revolución que acompaña.




v 
     Música en la Revolución Mexicana.

Básicamente, La Historia Musical en el México Revolucionario está dominada por dos vertientes de tipos y estilos de música, dictados por los acontecimientos y las clases sociales con sus propias realidades: La llamada “música clásica” o “música de arte”, utilizada principalmente por las “clases acomodadas” por un lado y por el otro, la que es para la gente del pueblo,  la “música popular” en que destacan el jarabe como género bailable y el corrido como canción popular, que si bien ya se tienen registros de uso esporádico de este último en las tradiciones durante el siglo XIX, adquiere mayor auge a partir de la Revolución Mexicana debido a su carácter narrativo.
La clase alta, quienes tenían acceso a una educación refinada con las influencias marcadamente europeas, solían recrearse e interpretar en el solaz de sus hogares con música de salón: mazurkas, melodías, berceuses, minuetos, nocturnos, danzas diversas y desde luego valses de los románticos populares: Chopin, Brahms, Grieg y Schumannentre otros compositores que en la actualidad son poco escuchados, si no es que hasta olvidados.

En el último tercio del siglo XIX llega al poder, tras una sublevación militar y con el apoyo de terratenientes, el general Porfirio Díaz quien eventualmente instaura una dictadura que si bien, impulsa un buen desarrollo tecnológico y cultural en el país, genera caos social y político que a la postre, culmina con la explosión de la revolución en 1910.
Con la construcción de las líneas ferroviarias, llegan a México habitantes de la Europa central que heredan a la zona norte del país, el acordeón y ritmos que toman auge principalmente en esa región: la redova, el chotis y la polka.
Bajo la influencia de inmigrantes germanos surge la tambora, que son grupos preponderantemente de instrumentos de aliento como clarinetes, saxofones, redoblante, trompetas y bombo, creando géneros que a la fecha aún subsisten.
Los compositores e intérpretes mexicanos más destacados durante el porfiriato son: Gustavo E. Campa, Juventino Rosas, Melesio Morales, Felipe Villanueva, Ricardo Castro, Macedonio Alcalá yErnesto Elorduy.
Producían hermosas romanzas, gavotas, capriccios, polkas y danzas de salón, la mayor parte para piano solo y música de cámara con los estilos románticos aprendidos e imitados del viejo continente pero que aún, no reflejaban su propia personalidad musical y que era principalmente creada para satisfacer las necesidades de la clase acomodada.
Simultáneamente, las clases medias, obreros y campesinos, gozaban con el jarabe, danzas conformadas por varios sones que originalmente eran acompañados por bandurrias, guitarras, arpa, violín y bandolas, aunque actualmente son acompañados por mariachi.
Para 1910, estalla inevitablemente la revolución y se suceden años de convulsas luchas por el poder. Es entonces que se suspenden las actividades culturales en el país, dando origen al crecimiento y auge de un género que, según el investigador Vicente T. Mendoza, el primero del que se tiene noticias data de 1898: el corrido (de Macario Romero).
El corrido mexicano es un género musical popular de carácter fundamentalmente combativo, irreverente, el más comprometido con las causas sociales del movimiento revolucionario y por lo tanto, anónimo y subversivo.
En sus orígenes, a la manera de los juglares europeos de la edad media, los “corridistas” se acompañaban de diferentes instrumentos como la guitarra, guitarra sexta, un guitarrón o un arpa y su principal función, fue la de divulgar noticias frescas que  se transmitían de boca en boca sobre acontecimientos importantes de las diversas etapas de nuestra historia: batallas, sitios, hazañas, héroes, éxitos y derrotas, la soldadera, el forajido, costumbres, etc.
Cuando vuelve la calma al país, se inicia con el impulso del primer Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, un Movimiento Nacionalista en la vida musical que introducen José Rolón y Manuel María Ponce, quienes continuaron con el estilo romántico, pero que paulatinamente transitaron, también por influencia europea, hacia un lenguaje modernista que exploraba lo politonal y lo neomodal, sembrando así los inicios de la búsqueda de las raíces musicales nacionales mexicanas.
Posteriormente a la revolución mexicana, más allá de 1919, surgen academias de piano e instrumentos de cuerda y en algunos estados se fundan Conservatorios de Música. Es entonces, cuando nace una corriente de compositores nacionalistas que proponen movimientos y estilos con base en temas musicales folclóricos y populares ampliamente enriquecidos durante los años previos, entre quienes destacan: Candelario Huízar, Carlos Chávez y Silvestre Revueltas.

La literatura en la Revolución Mexicana

La literatura que produjo la Revolución Mexicana con el paso del tiempo ha adquirido una significación mayor, considerando la influencia que han tenido y tienen las relecturas de importantes escritores y críticos literarios como Jorge Aguilar Mora, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Emanuel Carballo, Paco Ignacio Taibo II, Frederich Katz y Pedro Ángel Palou, entre otros.
A su paciente exégesis debemos la recuperación de una poderosa narrativa que se construyó a partir de las individualidades (unas imaginarias y otras reales) que formaron el amplio referente de una épica que sería el argumento de cuentos y novelas donde se expresaba la esperanza, los odios, la venganza, la solidaridad y la lucha de un pueblo que en la Bola percibió una manera justificada de reivindicar su humillada condición de individuos indefensos ante el peso y el rigor de un sistema político que les negaba su mayoría de edad.
 El periodo conocido como Revolución Mexicana inicia con el levantamiento armado del 20 de noviembre de 1910 y cierra con la promulgación de la Constitución de 1917 (Otros consideran que termina el 21 de mayo de 1920 con el asesinato de Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo). Después vendría el llamado periodo de la Postrevolución que se sitúa entre 1920 y 1940. Sobre estos dos grandes momentos descansa una de las narrativas más potentes y originales que se hayan escrito a lo largo del siglo XX, aunque la tradición literaria se prolongaría hasta la década de los cincuenta.
 La primera de las novelas que aparece dentro de esta tradición, tan bien estudiada por don Antonio Castro Leal, es "Los de abajo", obra paradigmática donde se muestran con bastante claridad los perfiles de los revolucionarios que apostaron su vida entera a un movimiento que les ofrecía la esperanza de ser alguien, de conquistar su yo. Es en esta novela donde se realiza la primera disección del movimiento armado en todas sus contradicciones, anhelos, engaños y frustraciones. Su prosa revela el cuidado y la precisión propia de un médico como Mariano Azuela, que aspiraba no a mostrar un retrato costumbrista de época, sino a revelar las dolorosas y valientes batallas de individuos dispuestos a ganar un sitio en la historia y que en la batalla "caían como espigas cortadas por la hoz." Todo el peso de la novela se sostiene sobre un personaje llamado Demetrio Macías, alrededor del cual se desarrollan las historias de la Codorniz, el Manteca, de Luis Cervantes (El famosos curro, síntesis bien lograda del oportunista cínico que sabe jugar con los sentimientos ajenos para bien propio), de la Pintada, del güero Margarito, de Camila y del Meco, entre muchos otros. La mayor virtud de esta novela, publicada en 1916, es su renuencia a la afectación del lenguaje; don Mariano Azuela, médico castrense de las tropas de Julián Medina y poseedor de un extraordinario oído, supo recuperar toda la riqueza verbal del pueblo. Un pueblo que se comunicaba a través no de una escritura articulada sino de una oralidad funcional donde se expresaban todos los registros emocionales del pueblo lleno de mitos, aspiraciones, leyendas, costumbres y hábitos compartidos que recreaban el sentido de pertenencia a la comunidad. Ésta es la primera novela donde aparece el fulgor invencible de la famosa División del Norte y el caudillo duranguense, Francisco Villa.
 En 1931 una coincidencia hace posible que dos obras aparezcan en el ámbito editorial. En las dos, el personaje omnisciente es, una vez más, el general Francisco Villa, figura emblemática, poseedor de un enorme atractivo literario dado su poder seductor como el héroe caído por las intrigas palaciegas del poder. "Vámonos con Pancho Villa" de Rafael F. Muñoz y "Cartucho" de Nellie Campobello, recuperan con una prosa limpia de retórica y artificios verbales, momentos estelares de la revolución desde una perspectiva humana donde la batalla ocurre primero en el corazón de los hombres que saben que han ingresado a la historia. Las dos son novelas sobre personajes y acontecimientos reales, pero escritas con una prosa firme, segura, en la que nunca existe una invitación al sentimentalismo lacrimoso ni a la visión idílica de la guerra. Estas dos novelas editadas por ERA tienen la particularidad de tener un brillante prólogo realizado por el ensayista y escritor Jorge Aguilar Mora. La siguiente obra no es estrictamente una novela, sino unas memorias escritas por Martín Luis Guzmán. Es, con justicia, el primer trabajo serio que existe sobre la vida y la obra del general Francisco Villa publicado en 1940. A esta obra se le critica el estilo reposado y academicista que limita la expresión espontánea del Centauro del Norte. Pero salvando estas críticas injustas a mi parecer, "Memorias de Pancho Villa" es una obra que nos aproxima al conocimiento de uno de los más grandes caudillos que haya producido la Revolución Mexicana. Martín Luis Guzmán es un estilista de la prosa, en su obra existe una preocupación puntual sobre el fondo y la forma del texto. Cada obra de Martín Luis Guzmán está escrita como una sinfonía no perturbada por discordancias. Este magistral estilo narrativo lo llevó a alturas asombrosas en sus dos grandes novelas como son "El Águila y la Serpiente" y "La sombra del Caudillo." Difícilmente encontraremos mejores descripciones del carácter de hombres como Villa, Calles y Obregón. Y es en el "Águila y la Serpiente" particularmente en el capítulo denominado La Fiesta de las Balas, donde se encuentra la mejor descripción que se haya hecho sobre uno de los personajes más crueles y enigmáticos que haya dado la Revolución como fue Rodolfo Fierro. Dentro de esta privilegiada estirpe literaria se incluye "Ulises Criollo", la gran autobiografía de José Vasconcelos, el hombre que pensaba que sólo a través del maestro, el arte y el libro era posible des barbarizar al pueblo mexicano. Con la fe puesta en esta trilogía, inició la mayor obra educativa y civilizadora que recuerde el México postrevolucionario. Hombre idealista con un sentido casi sagrado de la trascendencia, Vasconcelos se vio asimismo como el apóstol o el Prometeo de una empresa que reclamaba la vitalidad creadora como primer requisito para reconstruir la nación. Y como apóstol o Prometeo asumió con un sentido trágico su caída de la gracia del régimen en 1929. En el Ulises Criollo está retratado el personaje y la circunstancia; dueño de una proverbial egolatría, Vasconcelos como Carlyle creía a pie juntillas que la historia no era otra cosa que las acciones de los grandes hombres, y él se consideraba un gran hombre. Tenía razón, fue un gran hombre pero el pueblo no podía caminar a la velocidad que él pretendía. En el "Ulises Criollo" está descrita gran parte nuestra historia nacional y lo que tenemos que agradecerle los duranguenses a Vasconcelos es su descripción de la ciudad hecha de una manera extraordinaria en el capítulo referido Camino a Durango, donde afirmó haber recibido su primera lección de belleza. Es sin duda el escritor más universal que haya escrito sobre la Revolución Mexicana.

 El papel de la mujer en la revolución.

Entre los diferentes estudios de género a través de los sucesos históricos, hacemos referencia hacia los logros, triunfos y fracasos de personajes clave durante estos eventos. La revolución mexicana, como otros movimientos armados es una muestra de la lucha de diferentes grupos sociales, todos movidos por ideales muy diversos y entre los personajes que se mencionan figuran mayormente la actividad de los hombres.
El papel de la mujer poco ha sido estudiado en comparación con el de los hombres, tanto en personajes clave como en términos generales. Aquí rescato un poco la importancia de la mujer en la lucha armada, quien no sólo era una figura pasiva sino que su actividad fue igual de importante que la desempeñada por los hombres, incluso muchas veces más pesada y con mayor número de responsabilidades.
Durante la Revolución Mexicana, la cual tuvo lugar durante los años 1910 y 1920, hubo un gran número de mujeres que no solamente ayudaron tanto a soldados como revolucionarios sino que también se lanzaron a la lucha. El primer tipo de mujeres es a quienes se conoce como soldaderas, y las segundas representan a las “soldadas”, o soldados femeninos. Sin embargo, muchas de las soldadas habían empezado siendo soldaderas que luego decidieron dar un paso más adelante tanto en la lucha como para ellas mismas. 
Aun así, hay muchas personas o autores que no saben diferenciar bien entre las soldaderas y las mujeres combatientes o soldadas.Según afirma Diane Goetze en su ensayo sobre estas mujeres valerosas, “Revolutionary Women: From Soldaderas to Comandantas. The Roles of Women in the Mexican Revolution and in the Current Zapatista Movement”, las tareas por las que las soldaderas eran más reconocidas eran las de proveer a los soldados o rebeldes, quienes por lo general eran sus esposos, amantes o padres, con el alimento que necesitaban, ropa limpia, y el cuidado necesario en caso de que fuera herido, todas estas tareas o servicios que la milicia no proveía.
 No obstante, su tarea abarcaba muchísimo más que eso: llevaban a cabo misiones como las de espiar al enemigo y contrabandear armas de los Estados Unidos, entre otras cosas. Además, según exponen Diana Suet y Raquel Macías en su trabajo “Soldaderas Played Important Roles in Revolution” para poder conseguir alimento a veces era necesario que saquearan hogares o negocios, pues eran tiempos en los que conseguir sustento no era tan fácil.
Como puede verse, las soldaderas tenían más responsabilidades que los hombres, quienes sólo se dedicaban a luchar con las armas en los lugares donde se les mandaba, pero aun así las soldaderas no recibían el tratamiento o reconocimiento que se merecían. Suet y Macías agregan que, como si fuera poco todo lo que las soldaderas tenían que hacer, cuando las tropas viajaban en tren, ellas junto con sus hijos debían viajar afuera o sobre el techo de aquel; debían transportar las provisiones y elementos para cocinar junto con las armas cuando viajaban a pie, sin siquiera tener el derecho de ir a caballo, pues ese privilegio estaba reservado para los hombres solamente. Incluso cuando las soldaderas estaban embarazadas seguían acompañando a los soldados y cuando debían dar a luz se detenían para ello, descansaban por poco tiempo y seguían.
Entre las figuras clave de la revolución encabezadas por una mujer, merece mención aparte la coronela Carmen Amelia Robles Ávila, nacida en Xocchipala, Guerrero. Los ejércitos libertadores del sur eran comandados por el célebre Emiliano Zapata, pero entre sus filas destacaba Carmen Robles, quien luchó contra los efectivos delahuertistas, sobresaliendo por su uso de las armas y del caballo. Pero su condición de mujer en muchos casos no fue del todo aprobada por lo que recurrió a las vestimentas de varones y a llamarse "El Coronel Robles" como una identidad masculina.
Entre muchas otras mujeres insurgentes, no podremos dejar de mencionar a Margarita Ortega donde junto con su hija Rosaura Gortari fueron militantes magonistas y combatieron en los estados norteños de Baja California y Sonora. Al triunfo del maderismo en el año 1911, se refugiaron en Yuma, Arizona, donde fueron arrestadas por las autoridades de inmigración; lograron escapar y se trasladaron hacia Phoenix, se cambiaron los nombres por el de María Valdez y Josefina.
 El largo trayecto provocó la muerte de Rosaura Gortari. Margarita continuó su rango militar en el Partido Liberal Mexicano (PLM). Margarita se enfrentó a las fuerzas del carrancista Rodolfo Gallegos donde organizaba el movimiento en sonora Junto con Natividad Cortés en donde esta perdió la vida durante un tiroteo. Margarita huyó hacia Baja California y donde cerca de Mexicali la tomaron prisionera por las tropas Huertistas el 20 de noviembre de 1913; la encarcelaron y torturaron al no confesar los nombres de sus compañeros magonistas.
 La coronela Margarita Ortega después de su gran trascendencia en la revolución murió fusilada después cuatro días. El Carrancismo fue la parte triunfadora en la Revolución y asumió la dirección del país, igual que Madero, Carranza recibió mensajes de mujeres que le expresaban sus inquietudes políticas y estas también les proporcionaban información de lo que pasaba en sus localidades. Para darle un lugar favorable a la mujer, fue importante y decisiva la participación de Hermila Galindo, cuyo proyecto de feminismo pudo ajustarse con el constitucionalismo. Ella fue la primera mujer que solicitó el voto femenino al constituyente de 1916, además, hizo la propaganda de don Venustiano Carranza.

El periodismo en la Revolución mexicana.

En 1936 un grupo de trabajadores del periódico ha Prensa denunció ante el presidente Lázaro Cárdenas la elección espuria de un individuo de nombre Geo W. Glass para liderar la cooperativa del diario a la cual pertenecían. Este personaje de apellido anglosajón, se apoderó de la cabeza de la estructura organizacional de esta publicación valiéndose de procedimientos ilegítimos y tomó control de la dirección del periódico. Su propósito —acusaban los cooperativistas— era convertir al periódico en vocero del fascismo.
Múltiples alegatos de trabajadores agremiados a lo largo del país acompañaron la petición de apoyo que los cooperativistas enviaron a Cárdenas para rescatar a su diario de las garras del enemigo. Había que impedir —decían— que las columnas de la prensa diaria se utilizaran para atacar las conquistas de la revolución. Este conflicto, que no se resolvería fácilmente, lleva la marca de aquellos tiempos y la impronta de los efectos de la revolución de 1910. Mucho había cambiado desde el porfiriato. El periódico La Prensa, igual que Excélsior y otras empresas de diversos ramos industriales, estaba en manos de trabajadores organizados en cooperativas. Esto por sí solo era una novedad revolucionaria. Los antiguos empleados eran ahora dueños de su fuente de trabajo y se repartían los beneficios que esta producía. En tiempos de don Porfirio esta realidad sólo habría sido una utopía propia de unos cuantos pensadores de vanguardia.
Como muestra este caso, los propietarios de un periódico, miembros de la clase trabajadora, habían adquirido una enorme capacidad para movilizar a otros actores partícipes del movimiento obrero organizado, que en los años treinta vivió una gran efervescencia y logró una fortaleza inédita. Más aún, este ejemplo evidencia que los trabadores dueños de un diario popular estaban en una posición lo suficientemente fuerte como para cabildear con el presidente de la república. Su diálogo con el primer mandatario se sustentaba, en buena parte, en la seguridad de que serían escuchados, ya que la legitimidad del gobierno cardenista se sostenía en la disposición del general michoacano para prestar oídos a las demandas de los trabajadores. Esta actitud lo situaba en el extremo opuesto a las prácticas autoritarias y represivas de Díaz.
El conflicto entre los cooperativistas de La Prensa demuestra también que, tras el paso de la revolución bolchevique, la primera guerra mundial y la radicalización del discurso obrero, el nivel de conciencia política de ciertos sectores politizados de las clases populares (sobre todo los trabajadores sindicalizados y algunos miembros de ligas campesinas radicales) se había elevado hasta el plano internacional. La prensa mexicana y los trabajadores que le daban vida, vislumbraban la división del mundo que marcaría a la segunda guerra mundial y tomaban partido. Esto ya había sucedido en el ámbito de la primera conflagración de 1914, cuando los diarios mexicanos se dividieron conforme a la polarización del momento entre quienes manifestaban un sentimiento germanófilo o la defensa de los aliados.
Hacia fines de los treinta el presidente Lázaro Cárdenas había llevado la revolución a un clímax con resoluciones sociales que cerraban el círculo abierto por la Constitución de 1917 para paliar los males que habían causado la crisis de 1910. Cárdenas encabezaba en México la lucha contra el fascismo. Sin embargo, la radicalización del régimen y la lucha ideológica antifascista no se tradujeron en una cacería de brujas. En esto, también, el cardenismo marcaba una diferencia con las prácticas políticas del porfiriato. Atendió con cuidado las quejas de los cooperativistas de La Prensa que comulgaban con su ideología, sin embargo, los periódicos de derecha como Omega, enemigos acérrimos del régimen, no fueron acallados durante su gestión. Las críticas a su gobierno proliferaron en las páginas de los diarios y la sociedad opositora pudo expresar su descontento con el Estado.
Otra característica del periodismo de las primeras décadas del siglo XX es el confuso entretejido que mezcla esta actividad con la propaganda política. En un momento de crisis política y recomposición como el que significó la sacudida de 1910, sobre todo durante la fase armada y en los conflictos subsiguientes como la guerra Cristera, la prensa se utilizó como una herramienta de la estrategia bélica. Los jefes de las facciones revolucionarias tuvieron la urgencia de difundir sus programas políticos y lograr su aceptación entre la opinión pública. Este objetivo le dio sustento a diarios como Nueva Era de Madero y El Pueblo de Carranza. La virulencia militar forzó a los líderes a cultivar la lealtad de los editores de los diarios y a seducir a los escritores para atraerlos a su causa, generando una simbiosis malsana. Muchos sucumbieron a las tentaciones del poder o se vieron envueltos en el carisma de los líderes revolucionarios. Muy conocido es el caso de Martín Luis Guzmán y su atracción por Pancho Villa.
No todo fue miel sobre hojuelas en la relación entre jefes revolucionarios y diaristas. La rebeldía de los escritores de los periódicos y la enjundia con que la revolución enarboló la defensa de la libertad de expresión, pronto chocarían con la vocación autoritaria de algunos caudillos quienes, en el discurso, daban su lugar a las libertades públicas, pero en la práctica persiguieron a la prensa con enjundia. Sin embargo, aun con estos intentos de cooptación y censura, la revolución implicó mayor transigencia en relación con los asuntos públicos. La sociedad estaba cambiando. La atmósfera de la primera mitad del siglo que propició el debate y el desarrollo de nuevos proyectos políticos permitió mayor libertad de acción a los periodistas —debido a la debilidad del Estado, a la nueva legislación adoptada en 1917 que restauraba los jurados populares para enjuiciar periodistas, al juego de facciones que propició un ambiente donde se verían diversas opiniones— y los colocó en una posición más sólida en el espacio público. La polarización discursiva expresada en voz alta permitió al periodista realizar un trabajo asertivo, capacidad que se le había coartado en el porfiriato. Gracias a los nuevos bríos que adquiere el ejercicio de esta profesión, el periodismo se hace acreedor a un renovado prestigio.
El perfil del periodista posrevolucionario era renovado y audaz. La revolución les había dado la oportunidad de salir a las calles: abandonaron el escritorio y se convirtieron en hombres de acción, en hombres respetables. Durante la revolución —se decía— el repórter había vivido al lado de los problemas. Muchos de los precursores revolucionarios se habían formado y expresado en los periódicos. La lucha revolucionaria acortó la distancia entre los políticos encumbrados en el poder y el reportero. A un mismo tiempo creció la influencia política del periodista. Algunos diaristas ocupaban puestos políticos o se volvieron funcionarios. Blandiendo su pluma, se volvieron voceros de la revolución o enconados enemigos de esta. Según las impresiones de algunos testigos de la época, su pluma y sus dichos consolidaban reputaciones o las echaban por tierra.
A principios del siglo XX, la figura del periodista se confunde con acepciones del mismo oficio de las que no existe una definición precisa como repórter, redactor o escritor público. No era un oficio profesionalizado para el cual se estudiara en las universidades. El campo del periodismo era un espacio que también ocupaban personalidades que tuvieron injerencia en otros terrenos de la vida pública: la política, la literatura o la administración pública como Martín Luis Guzmán, Félix F. Palavicini, Vicente Lombardo Toledano, Luis Cabrera, José Vasconcelos, René Capistrán Garza.
El periodismo fue un oficio ejercido mayormente por los estratos medios de la sociedad. Los reclutas eran jóvenes con facilidad e interés por la escritura, ávidos lectores de periódicos, abogados tránsfugas, gente con inclinación por las ciencias sociales, la política y la literatura. Era un refugio para desempleados o para quienes no encontraban acomodo en otras profesiones. Hasta la década de los cincuenta fue una profesión eminentemente masculina, aunque ya desde épocas tempranas entran en acción las primeras mujeres periodistas.
El ejercicio periodístico está marcado, en buena medida, por la estructura de propiedad de los medios. Tras el conflicto social de 1910 y la destrucción del Estado porfiriano, la propiedad de los periódicos cambió de manos. La gran mayoría de las publicaciones diarias porfirianas, sobre todo aquellas con mayor presencia como El Imparcial, desaparecieron. Los talleres, instalaciones y maquinaria de aquellos diarios ultramodernos sufrieron la devastación que produjo la reyerta revolucionaria. Surgieron nuevos empresarios de la prensa como Rafael Alducín y José García Valseca. Algunos periodistas se volvieron propietarios de los diarios que dirigían, como Palavicini, Herrerías y Martínez "Rip Rip". Siendo los centros de maquila de los órganos de propaganda fraccional, los diarios eran un arma de guerra y, como tales, un importante blanco militar.
La vieja clase de aristocráticos editores porfirianos subsidiados por el régimen, como don Rafael Reyes Spíndola, fue sustituida por una nueva generación de propietarios y directores de los diarios con menos prosapia. Entre 1910 y 1940 una amplia gama de actores se adueñó de los periódicos. Maquinarias, nombres, edificios y empresas pasarían de mano a mano de una manera vertiginosa. Después de 1920 algunos de los nuevos dueños fueron los propios jefes revolucionarios. Muchos de ellos, como el Artemio Cruz de Carlos Fuentes, eran jefes menores de extracción rural, rancheros que amasaron fortunas en la bola y que colocaron sus activos en la industria periodística. También los generales de prestigio militar adquirieron diarios temporalmente para fortalecer sus campañas políticas. Los periódicos cambiaban de manos con mayor celeridad durante las contiendas electorales. Algunos propietarios vieron oportunidades invaluables en estos periodos y ofrecían sus empresas al mejor postor. El Estado perdió la capacidad casi omnipotente que tuvo durante la dictadura porfiriana de controlar a los diarios con subsidios y un aparato represor.
Al pasar la tempestad de la revuelta, a finales de la década del diez, nuevas y grandes empresas llenaron el espacio de la prensa capitalina. Excélsior y El Universal, herederos formales de El Impartial con un nuevo toque revolucionario, ocuparon las estanterías de los puestos de periódicos, y con ellos creció una nueva generación de empresarios editoriales.
Las cooperativas de trabajadores propietarias de diarios como La Prensa y Excélsior, que irían apareciendo desde los años treinta, significaron también un vuelco radicalmente opuesto al pasado porfiriano. Fue igualmente novedosa la proliferación de diarios obreristas y de órganos sindicales, y los periódicos de organizaciones campesinas, que obtenían sus recursos para operar de las entidades a las que pertenecían. Este tipo de publicaciones también tuvo sus antecedentes en los últimos años del porfiriato, cuando al calor de las luchas obreras de Río Blanco y Cananea surgieron periódicos como El Paladín y La Lucha Obrera, que denunciaban las condiciones de vida de los trabajadores.
Proliferarían también los órganos de corte político radical como El Machete, heredero de la tradición de periodismo opositor, crítico e intransigente con la dictadura de Díaz que encabezaron Filomeno Mata y los hermanos Flores Magón con El Diario del Hogar y Regeneración. La revolución bolchevique de 1917 y la efervescencia del pensamiento de izquierda vendrían a reforzar y a legitimar esta tradición periodística. Junto con estos, durante este periodo saldrían a la luz varios periódicos con una tendencia conservadora, algunos defensores abiertos del catolicismo, diarios representantes moderados de un periodismo informativo, menos ideológico, que tendrían gran predominio en sus regiones de influencia, como El Informador y El Diario de Yucatán.
Si bien la revolución diversificó y democratizó temporalmente la estructura de propiedad de los diarios, hacia los años treinta comienza a vislumbrarse lo que sería una de las piezas estructurales del sistema político posrevolucionario: la consolidación del partido de Estado y el control indirecto pero muy eficaz de la prensa a través de pipsa y el control del papel en manos del Estado. Con la formación del PNR se concibió El Nacional, uno de los periódicos más importantes en el México del siglo XX, que en sus inicios gozaba de la originalidad de ser el órgano del partido en el poder (más tarde sería propiedad del gobierno) y se sostenía, sin rendir cuentas a la ciudadanía, de los recursos del erario público.

Reflexión de película: La Rosa Blanca 

La cinta refleja la actitud inmoral en el empleo de los recursos más bajos para convencer a los habitantes de esa población en vender sus propiedades por pequeñas cantidades de dinero, también muestra la prepotencia de las transnacionales por el control del petróleo mexicano.



Bibliografía

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